VIENDO EL FÚTBOL

En los últimos días me he acordado bastante de un amigo que tuve yo en mi juventud. El chico, pongamos que se llamaba por ejemplo Adolfo, era un apasionado del fútbol. Esto no es nada raro, los apasionados del fútbol abundan. El caso es que el chico, pongamos que se apellidaba por ejemplo Escalante, era un madridista acérrimo. Tampoco eso es infrecuente.

El caso fue que a mi amigo Adolfo Escalante le robaron un día. Se le metieron en casa y le limpiaron todo lo que había en los cuartos, en la cocina, en la despensa. Hasta el bote del champú anticaída se lo llevaron. Solo se libró lo que tenía en el salón; los ladrones no entraron allí. Era el bueno de Adolfo el que estaba en el salón, mientras le robaban, viendo el fútbol, ajeno al robo de que era víctima mientras cantaba los goles, se envolvía en una bandera de su equipo y saltaba sobre el sofá. Al acabar el partido y dirigirse a la cocina en busca de una cerveza para celebrarlo, se percató de que no había cerveza. Ni vino. Ni jamón, ni chorizo, ni cubiertos, ni microondas. Y se le aguó un poco la celebración.

Pero no dejó de ver el fútbol, voceando como si le fuese la vida en ello. Es más, aún hoy le dura la costumbre.

Y estos días me he acordado mucho de él, viendo a la gente congregada ante las pantallas gigantes que los bares sacan a la calle, envuentos en banderas y gritando como si les fuera la vida en ello.

Y mientras, alguna gente que tú y yo sabemos les está robando.

Y sin forzarles la cerradura ni nada, que tiene más mérito.

Anuncios