EL FASCISMO YA ESTÁ AQUÍ

Se han emitido circulares prohibiendo a los funcionarios criticar al gobierno. Los empleados de la empresa privada no necesitan circulares: el miedo al despido impide las críticas a los jefes. Se gobierna a base de decretos sin que la opinión del pueblo importe un comino. Entra en vigor una norma que elimina el derecho de las personas a la atención médica en virtud de su nacionalidad; de su raza, como quien dice. Las “fuerzas del orden” entran repartiendo palos en casas particulares para reprimir las protestas, por ejemplo, de los mineros. Se multa por resistencia a la autoridad a manifestantes pacíficos agredidos por antidisturbios. Se restaura el marquesado de Queipo de Llano. Se multa a bomberos por comer un bocadillo en la calle. Se perdonan los impuestos a la iglesia. Se archivan investigaciones sobre robo de bebés cometidos por miembros de esa misma iglesia. Se adecúa la regulación del aborto a las exigencias de esa misma iglesia. Se blindan los privilegios de la familia real, de los aristócratas, de las “familias bien de toda la vida”. Se habla de “endurecer las penas por altercados públicos” y de “tipificar un delito de resistencia pasiva”. Periodistas considerados como “rojillos” (incluida una que se “arrepintió” a última hora y peloteó a destajo a los conservadores, aunque parece que no lo suficiente) son despedidos sin motivo aparente de la radiotelevisión pública. Incluso un miembro del partido que gobierna acaba siendo expulsado de su partido por criticar la postura de sus líderes en el conflicto con los mineros. Y acabo de saber que una federación de asociaciones de consumidores ha sido amenazada con la ilegalización por denunciar los recortes ordenados por la banca europea y practicados por el gobierno español.

Así, como suena.

Hasta tenemos a un líder gallego un tanto amanerado y ladino, que recibe órdenes de un personaje alemán de sexualidad dudosa y cabeza cadriculada.

Damas y caballeros, pasen, vean y cáguense en todo lo cagable. El fascismo ha vuelto a España. O a lo mejor es que no se había ido nunca.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Me entero de que un tal Rubén, director del INJUVE enchuf, perdón perdón, nombrado por la siempre preclara ministra Ana Mato, ha emitido una circular interna en la que prohíbe a los funcionarios del susodicho INJUVE criticar las políticas del gobierno en horas de trabajo. No está “entre sus obligaciones”, afirma. Claro que, en la empresa privada no te dan una circular para prohibirte criticar a la empresa: se da por sobrentendido que criticar a la empresa suele llevar aparejado el despido.

Me entero también de que Repsol quiere demandar por injurias y calumnias a Víctor Herrero, un minero leonés, por haberse mostrado en una entrevista a favor de la nacionalización de YPF por el gobierno argentino. Eso sí, como son muy comprensivos le dan la oportunidad de retractarse públicamente (no sé si con la obligación de autoflagelarse en público o sin ella, no he profundizado mucho en el tema).

Tampoco hace tanto que Facebook censuró una caricatura en la que se mostraba a la Merkel en plan ama sadomaso humillando a Rajoy. (No, no era una foto sino una caricatura, aunque reflejase tan fielmente una imagen real). Y aunque hace algo más de tiempo, todos recordaréis que una portada del Jueves fue secuestrada judicialmente por ser “injuriosa” con el príncipe (no, el de Bekelar no, el otro).

Y a más de uno lo han echado hace poco de la radio y/o la televisión públicas, supongo que por “hablar más de la cuenta” o por “morder la mano que le da de comer”.

Y es que la libertad de expresión tiene sus límites. Y es bueno que así sea. De lo contrario, podría aparecer cualquier pelanas en un acto público mandando a los parados “a Laponia”. O cualquier diputada con pocos escrúpulos podría dedicar un entusiasta “que se jodan” a los desempleados de España (y somos muchos). O hasta podría ser que algún “periodista”, de, por ejemplo, no sé, Telemadrid o El Mundo, saliese alabando en público el presunto atractivo sexual de las niñas japonesas de 12 años, o declarando en términos muy crudos su predilección por “los chochos de 16 años”. O que algún obispo, no sé, de Alcalá por ejemplo, insulte a quien le venga en gana en los términos que se le antoje. O incluso que algún otro obispo, a lo mejor de Tenerife, por un poner, declare que muchos de los menores a los que los curas sodomizan “lo están deseando” y “te provocan”. O podría llegar a ocurrir, y esto ya sería el colmo, que algún medio de comunicación, igual con un toro en el emblema o algo así, se dedicase a lanzar infundios sistemáticamente, a acusar de terrorismo a todo dios o a inventarse directamente las noticias.

¿Os imagináis que eso ocurriese, eh? A lo mejor ni merecía la pena vivir en un país donde eso fuera posible…

LA CULPA ES TUYA

La culpa es tuya. De la crisis, digo. De los recortes. De la destrucción del ya de por sí no demasiado sólido tejido social de este (y otros) países. La culpa es tuya. Bueno, y mía. Y de todos. Bueno, de casi todos. De los bancos, las cajas, los especuladores y los políticos no. Ellos aplican, obligados por nuestra mala cabeza, y con todo el dolor de su corazón, estas medidas un poco incómodas que harán soltar a Europa el lastre que suponemos los parados, pensionistas, mineros, empleados públicos, estudiantes revoltosos y demás escoria.

“La culpa es vuestra, porque sois unos pillines que no pagáis los impuestos”, nos dice el hombre que blanquea dinero dudoso por una pequeña comisión del 10%.

“La culpa es vuestra, por abusar de la sanidad pública”, nos dicen los que regalan hospitales públicos a empresas privadas.

“La culpa es vuestra, por hipotecaros”, nos dicen los que colocaron no solo hipotecas, sino productos financieros llenos de trampas de todo tipo, a ancianas analfabetas, a ciegos, a cualquiera que se les pusiera por delante.

“La culpa es vuestra, por veniros a España”, les dice ahora a los “no nativos” el jefe de los explotadores que se han hecho de oro, entre otras cosas, pagando salarios de miseria a los “no nativos” y dejándonos de lado a los “sí nativos”.

“La culpa es vuestra, por vivir por encima de vuestras posibilidades”, nos dicen a coro el Baboso de las Barbas, la Loba del Deutsche Bank, la guarra esa del FMI que tiene un aire de druida travestido, y otros cien o doscientos tipejos más que nos echan en cara nuestro despilfarro mientras, envueltos en trajes de 1500 euros, haciendo la digestión del caviar y el champán, viajan en bísnes de ese hacia alguna reunión donde decidirán (a gastos pagos, naturalmente) cómo seguirnos jodiendo.

Y a mí lo único que se me ocurre es cagarme en la puta que los parió. Y unirme a todas las protestas y luchas contra ellos que me sea posible.

Si no lo hago, algo de culpa sí que tendré. Y tú, lo mismo.

UN GRAN PAÍS

Hoy me van a perdonar ustedes que dedique estas modestas líneas a alabar un gran país que nos está ayudando con gran empeño a ver la luz al final del túnel. Hablo, cómo no, de Alemania.

Alemania es un gran país, y eso no hay forma de negarlo. En menos de 50 años provocó dos conflictos internacionales. A ver cuántos países pueden decir lo mismo. Son metódicos, los alemanes. Y serios. Como digan de hacer algo, lo hacen. Y lo hacen a conciencia. Ahí tenemos el ejemplo de los años 40, y de cómo eliminaron de la manera más higiénica y eficiente a no sé cuántos judíos. Y polacos. Y rusos. Bueno, y algunos españoles también, pero parece que eran rojos o algo así, así que bueno, pelillos a la mar.

Y modestos, los alemanes. Mira que les dicen: “Oye, que matastéis a seis millones de judíos.” Y ellos, “qué va, qué va, muchos menos, muchos menos.” Modestos, vaya.

Y tolerantes con los extranjeros no los hay más. Miren a Hitler, que era de Austria, y los alemanes no solo le aceptaron como si fuese normal, sino que hasta lo hicieron presidente. Perdón, führer de ese.

Qué gran país, sí.

Yo tuve tíos trabajando en Alemania, y no hablan bien de este gran país. Claro, por envidia. Y porque los españoles somos así, malagradecidos. Mis tíos, ahí los tienen, esperaban que por trabajar para ellos, los alemanes les pagasen un sueldo. Y hasta pretendían que les diese para vivir. Cómo somos, leñe. Para eso, los alemanes, tan austeros, tan laboriosos, que trabajan por amor al arte (de currar). Vamos, lo que se dice por afición. Que lo que es el sueldo, cogerlo lo cogen, pero sin ilusión ni nada. Por no hacer un feo, vaya.

Y generosos, los alemanes. Bien de dinero que han dado para los haraganes renegridos del sur europeo. Vale que nos exigen que le demos ese dinero a los bancos, sabedores de que podemos tener la fea tentación de gastarlo en comida, escuelas, o medicinas. Y es cierto que luego piden que se les devuelva la pasta con intereses, pero es que no podemos pedirles a los alemanes que además de buenos sean tontos. Iba a ser abusar ya.

Sí, qué gran país, Alemania.

Tienen sus defectos también, los alemanes, o sus manías, si se prefiere, como eso de dejar estropear la berza antes de comerla, o de tomar la cerveza a temperatura de orina de gato, pero en fin, nadie es perfecto.

Ni los mismos alemanes.

P.D. Que no se me enfade nadie. No quiero molestar. Hay alemanes que son muy buena gente, y lo digo en serio. Yo conozco varios. Aunque da la casualidad de que algunos son hijos de españoles. Y otros, que son teutones de pura cepa, salieron de su país hace años y no muestran intención alguna de volver. Por el clima, supongo. O por no comer la berza podre, vaya usted a saber.

LA INYECCIÓN

Yo, de rapaz, tenía miedo de las inyecciones. Me las ponía, para las gripes y demás, una practicante alta, fuerte, rubia, algo adusta, algo hombruna, con el pelo más bien corto, traje chaqueta y cara de pocos amigos (no sé a quién me recuerda esta descripción, no sé, no caigo). Decía, así como a media boca, que no me iba a doler, pero luego me dejaba el culo lleno de mataduras y no podía sentarme bien en tres o cuatro días. A veces, además, las inyecciones “me daban reacción” como se decía entonces, y durante un par de días la fiebre me subía, me daban náuseas y me dolía todo como si me hubieran deslomado con un palo. Al final, tras unos pocos días, me curaba, eso sí. En una ocasión logré escapar de casa de la practicante sin que llegase a pincharme, y para sorpresa mía y sobre todo de mi madre no solo no me morí, sino que la gripe se me curó en unos pocos días, durante los cuales además sí pude sentarme con normalidad. Desde entonces procuro evitar en lo posible que me pongan inyecciones.

Viene todo esto a cuento de que nos van a meter una “inyección financiera” de 100.000 millones de euros (he tratado de calcular la cifra en pesetas, pero la calculadora se ha autodestruido en el intento). Con lo contentos que se han puesto los del gobierno y los de la banca, supongo que nos curaremos de la crisis en cuatro días.

Aunque durante ese lapso nos quede el culo lleno de mataduras.

Pero eso es lo de menos. Parece que con este rescate (con perdón) ya tenemos a los mercados donde queríamos. Detrás de nosotros. Y nosotros con los pantalones por los tobillos. Para que nos pongan la inyección, claro.

Pero todos tranquilos. La inyección solo es para la banca.

Lo malo es que el culo es de todos.