NO VOY A IR

-Bueno, si ganan estos, habrá que ir a la plaza, a celebrarlo, ¿no?

Miro al cielo, azul, limpio, soleado. Hace un bonito día de verano. Ni siquiera hace demasiado calor. Es 1 de julio. Van a empezar a cobrarle las medicinas a gente que se dejó la salud trabajando como mulas (y cotizando cuando les dejaron). Van a subir la luz. Y el gas. Y el IVA cualquier día. Los mineros van hacia Madrid para tratar de que no les borren del mapa, pero saben que el ministro les tiene entre ceja y ceja. Vitro y ERE-MD van a dejar en la calle a no sé cuántos de sus trabajadores. Almunia nos recuerda que las “recomendaciones” de Europa (léase los bancos, especialmente alemanes) pasan a ser de inexcusable cumplimiento. El ministro de Educación (léase Tío Fétido, de la familia Addams) avisa de que habrá menos becas para estudiar y que será más difícil conseguirlas y conservarlas. Empieza a oírse que a los parados, como cobran tanto y durante tanto tiempo, les van a recortar las prestaciones. Básicamente, vamos a tener que pagar entre todos no sé cuántos cientos de miles de millones de euros (trate usté de hacer la cuenta en pesetas y el cerebro le saltará en pedazos) para tapar las puterías de los bancos y cajas de ahogos y tensiones. Y puede que mañana también 7 milloncejos de nada (libres de impuestos, oiga) en primas para unos tipos en paños menores que van a jugar a ver quién mete más veces una bola entre tres palos.

Y decido que no, que pase lo que pase esta tarde, yo no voy a ir a la plaza con los de las banderas y la cara pintada.

No tengo nada que celebrar.

VIENDO EL FÚTBOL

En los últimos días me he acordado bastante de un amigo que tuve yo en mi juventud. El chico, pongamos que se llamaba por ejemplo Adolfo, era un apasionado del fútbol. Esto no es nada raro, los apasionados del fútbol abundan. El caso es que el chico, pongamos que se apellidaba por ejemplo Escalante, era un madridista acérrimo. Tampoco eso es infrecuente.

El caso fue que a mi amigo Adolfo Escalante le robaron un día. Se le metieron en casa y le limpiaron todo lo que había en los cuartos, en la cocina, en la despensa. Hasta el bote del champú anticaída se lo llevaron. Solo se libró lo que tenía en el salón; los ladrones no entraron allí. Era el bueno de Adolfo el que estaba en el salón, mientras le robaban, viendo el fútbol, ajeno al robo de que era víctima mientras cantaba los goles, se envolvía en una bandera de su equipo y saltaba sobre el sofá. Al acabar el partido y dirigirse a la cocina en busca de una cerveza para celebrarlo, se percató de que no había cerveza. Ni vino. Ni jamón, ni chorizo, ni cubiertos, ni microondas. Y se le aguó un poco la celebración.

Pero no dejó de ver el fútbol, voceando como si le fuese la vida en ello. Es más, aún hoy le dura la costumbre.

Y estos días me he acordado mucho de él, viendo a la gente congregada ante las pantallas gigantes que los bares sacan a la calle, envuentos en banderas y gritando como si les fuera la vida en ello.

Y mientras, alguna gente que tú y yo sabemos les está robando.

Y sin forzarles la cerradura ni nada, que tiene más mérito.