SONRÍE

Te engañaron.

Te dijeron que si estudiabas y sacabas una titulación serías alguien importante y te garantizarías un porvenir próspero. Así que te machacaste ante los libros mientras otros gastaban el tiempo en divertirse. Sacaste un título superior, una carrera, qué más da cuál. Estuviste trabajando gratis o poco menos en becas o prácticas, esperando en vano que después te harían un contrato de trabajo. Te tiraste meses o años preparando unas oposiciones que al final no se convocaron, o en las que las plazas estaban dadas por enchufe, o en las que sencillamente había más de mil aspirantes por plaza. Aceptaste, cuando te los ofrecían, cualquier trabajillo de mierda mientras esperabas pacientemente que saliese “algo de lo tuyo”. Y la espera, huelga decirlo, no ha dado sus frutos.

O te contaron que con trabajo duro se sale siempre adelante, y te pusiste a currar en cuanto pudiste. Hostelería, construcción, lo que fuese. Contratos temporales, jornadas maratonianas, trabajo en negro. Lo que te dieran. También te dijeron que con el dinero que obtenías reventándote los lomos debías comprar una casa y un coche, y con la ayuda financiera de un banco o caja, lo hiciste. Luego tu jefe te despidió porque no le gustaba tu cara, o te tocó la lotería de un ERE, y en ningún lugar parecen apreciar tu experiencia ni tu buena disposición hacia el esfuerzo. Te echan en cara, en las entrevistas, tu “falta de preparación”. Y el subsidio de paro se te acaba la semana que viene.

O te animaron a poner un negocio con el cuento de que frente a la crisis el mejor remedio es el espíritu emprendedor, así que pediste un crédito para abrir un bar, o una tienda, o una lavandería, qué más da. Y ahora, con tu negocio cerrado y más deudas de las que podrás pagar nunca, tu sueño de ser tu propio jefe se ha tornado en pesadilla.

En cualquiera de los casos, te engañaron, y ahora malvives de la caridad familiar, te arrastras mendigando cualquier trabajo, temes verte cualquier día debajo de un puente.

Y, en la tele, en la radio, en Internet, en los periódicos, en las vallas publicitarias se mofan de ti con anuncios de cosas que nunca podrás tener.

Y en los informativos, y a veces en la calle, gente que cree saber más que tú de tu vida, te echa la culpa de tu desgracia, te conmina a “arrimar el hombro”, te pide “un sacrificio más, por el bien de todos”. Te dice que saldremos de esta si obedeces. Te dicen que sonrías, a pesar de todo, porque ellos saben muy bien lo que hacen.

Y te sientes, cada día más, como un perro apaleado.

Y no es más que cuestión de tiempo que empieces a morder.