MÁS CARA QUE ESPALDA

Perdieron dinero (ajeno, claro) a manos llenas por avaricia, por torpeza o por una mezcla de ambas. Engañaron a todo el que se dejó. Mintieron para poder asignarse sueldazos obscenos e indemnizaciones desproporcionadas (para el caso de que tuvieran que salir por patas después de hundir el barco). Por sus chanchullos nos han colado, a escote, la obligación de pagar una deuda de cientos de miles de millones de euros. Incluso ahora, se atreven a seguir a dejando gente en la puta calle por impagos que, comparados con lo que ellos han hecho “desaparecer”, no llegan ni a insignificantes.

Y ahora, además, comparecen, como haciendo un favor, y dicen que la culpa no es suya.

El uno afirma que “no hay que buscar chivos expiatorios”. Y coño, claro que no hay que buscar chivos, ¡si tenemos a los cabrones ante las narices!

El otro dice que está satisfecho porque “siempre hizo las cosas bien”. ¡Se ve que el dinero se perdió solo y que las quiebras de las cajas son catástrofes naturales cíclicas que nada tienen que ver con la actuación humana, como el cambio climático! (según el primo de Rajoy, al menos).

El de más allá afirma que “nunca decidió nada, porque no podía”. (Y si no podía decidir, ¿qué cojones pintaba ahí? ¿Y quién decidía? ¿Fu Manchú?). Y se niega a hablar de la estafa de las preferentes, o de las prejubilaciones millonarias (la suya incluida), porque “no es momento de mirar al pasado”. ¡Lo dirá porque ya tienen pensado montarnos más estafas en el futuro!

En todo caso, todos vienen a decir que la culpa de todo no es suya, sino del otro, de Maroto, o del de la moto. Todos lo han hecho todo bien, nadie sabe nada, y todos estos se llevan su tajada como si tal cosa mientras nos pasan a los que sí que no podíamos decidir una puta mierda la factura de las copas, las lumis, la farlopa y los platos rotos.

Tener más cara que espalda, se le llama a eso. Parece ser una malformación común en ciertos sectores especialmente “honorables” de la sociedad.

Y es contagioso.

También lo ha pillado uno que dimitió por irse de vacaciones con tu guita y con la mía y que no solo no va a devolver un duro, sino que de regalo va a llevarse una jubilación de magistrado y una pensión de alto cargo. Y compatibles entre sí.

Y otro que se ha negado a escuchar la oferta del sector minero para llegar a un acuerdo que no obligue a rehacer los presupuestos ni a darle muerte (todavía) al sector. Y ha tenido los huevos, para defenderse, de decir que cómo va a aceptar acuerdo alguno si también le ha cascado un recorte tremendo al turismo. ¡Lo dirá por presumir! Con un par de ellos, sí señor, como quien dijera “no se queje señora, que a usté le mango el bolso pero a su vecina le he chorao una tele”.

Vamos, que tienen cara para regalar. Más que espalda.

Y dan unas ganas de partírsela…

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UN PAÍS DE CUENTO

Ahora que tenemos las cuentas intervenidas por la Unión Europea, al ministro del Guindo pasando la gorra (y haciendo el ridículo) por Europa y a las autonosuyas pidiendo el botijo a un Estado cuyos ministros presume de no tener ni para las nóminas; ahora que por tanto ya no es descabellado pensar que el día menos pensado nos echan del euro de una patada en el culo, por lo que no es descabellado pensar que podríamos acabar volviendo (a la fuerza) a la vieja peseta, me he puesto a recordar los años del euro, esa época entre el 2001 y la actualidad, y más en particular esa época de las “vacas gordas” (2001 a 2007 ó 2008 más o menos) en la que, al parecer, todos cobrábamos generosos salarios, gastábamos a manos llenas en lujos estrafalarios, chupábamos sin piedad de la teta administrativa, nos hipotecábamos a lo loco y vivíamos, en resumen, como los ricos de antes. Incluso los extranjeros que acudían en manadas a nuestro país lo hacían, más que por huir de la miseria, por disfrutar de los innúmeros beneficios en forma de atenciones gratuitas y pagas a fondo perdido que el Estado español, dicen algunos “expertos” (aunque no se sabe muy bien en qué), les procuraba. La época, en resumen, en la que España era un país de cuento, en la que todos “vivimos por encima de nuestras posibilidades” y cavábamos así, ignorantes y felices en nuestra opulenta irresponsabilidad, la tumba socioeconómica en la que nos pudrimos actualmente.

Pero el caso es que mis recuerdos de aquella época están poblados por ancianas e inmigrantes que buscaban alimento en los contenedores de basura, de indigentes que dormían en cajeros, de padres (y madres, también) de familia que se machacaban los lomos 12 ó 15 horas al día para pagar las disparatadas cuotas de una hipoteca interminable, de empleados con contrato basura que cobraban una miseria y vivían con la amenaza perpetua del “fin de la obra o servicio”, de personas que morían esperando su turno para una operación de cáncer o un trasplante de corazón, de estudiantes que curraban poniendo copas sin contrato en cualquier cuchitril para pagarse la universidad. Recuerdo a una viuda de mi barrio a la que su casa se le caía a pedazos sobre la cabeza porque la pensión apenas le daba para comer (y ni hablemos de reformar la casa). Recuerdo a una inmigrante ecuatoriana que limpiaba (sin contrato) en una confitería leonesa con nombre de especia, que se cayó trabajando y se rompió un brazo y varias costillas, a la que su jefe tuvo media hora esperando que acudiéramos unos amigos a sacarla por la puerta de atrás porque “no quería líos” y se negaba a llamar a una ambulancia (el jefe, eh, no la chica). Recuerdo amigos que solo comían patatas y arroz para poder pagar la hipoteca o el alquiler. Recuerdo amigos que trabajaban gratis y sin Seguridad Social, legalmente, porque eran becarios o estudiantes en prácticas. Recuerdo parados de larga duración muriéndose de asco a las puertas del INEM. Recuerdo comarcas enteras que se iban quedando vacías, como muertas, a medida que las minas o los astilleros iban reduciendo su actividad, o cerrando directamente.

Claro que ahora mismo estamos aún peor, porque entonces al menos había posibilidad de encontrar un trabajo, aunque fuese precario, mal pagado y en condiciones a menudo insalubres, pero yo sigo sin saber cuál es ese país de cuento en el que dicen que vivíamos por aquel entonces.

El mío, desde luego, no.

Claro está que había también pícaros, chupópteros, irresponsables, empresarios sin escrúpulos a la caza de subvenciones, banqueros y bancarios que vivían del timo, politicastros tragadores con cientos de asesores y jugosas dietas de no-transporte, enchufados del partido (me da igual cuál) que entraban por “designación directa” en cargos sin tarea y con buen salario. De hecho, sigue habiéndolos. Y en cantidad.

Se ve que para lo suyo no hay crisis. Ni paro.

O que son ellos los que han vivido (y lo siguen haciendo) por encima de nuestras posibilidades.

BANCARIOS, NO BANQUEROS

No recuerdo bien dónde leí el otro día una carta en la que un empleado de banca se quejaba amargamente  de estar siendo acusado por la sociedad de desmanes de los que eran sus jefes, los de Madrid o Nueva York, los únicos culpables. No era la primera vez que me encontraba un alegato semejante. No son raros los empleados de banca que dicen ser víctimas de una demonización por parte de la gente, que arguyen que son tan víctimas de la crisis como todos los demás, que afirman que todo lo que hicieron lo hicieron cumpliendo órdenes y sin saber que podían causar algún daño. Algunos hasta insisten en que ayudaron a los demás, en que sin su mediación este o aquel cliente no habría podido comprarse una casa o poner en marcha un negocio.

“Somos víctimas, como vosotros”, vienen a decir. “La culpa es de nuestros jefes, no nuestra”, vienen a decir. “Somos bancarios, no banqueros. No es lo mismo”, viene a ser su mensaje.

Y esto me hace pensar. Si mal no recuerdo, fue un bancario (no un banquero) quien trató insistentemente de convencerme de que domiciliase una nómina en la Caja Tal y Cual, a pesar de que yo solo había ido a cobrar el cheque de un finiquito por despido. Fue un bancario (no un banquero) quien falsificó la firma de esa anciana que hace poco ganó un juicio a la entidad, para que adquiriese (supongo que por su propio bien, aunque sin saberlo) unas participaciones preferentes en no sé qué. Fue un bancario (no un banquero) el que le colocó al anciano y analfabeto padre de un amigo mío un préstamo en condiciones de usura haciéndole creer que le abría una cuenta corriente. Fue un bancario (no un banquero) quien robó a unos agricultores de avanzada edad, en un pueblo del sur de mi provincia, los ahorros de toda una vida, aprovechando la confianza que ellos tenían en él. Fueron los bancarios, en persona, quienes amarraron con préstamos eternos a gente desesperada; quienes colocaron hipotecas por auténticas fortunas a gente que (los bancarios lo sabían) no podría pagarlas y acabaría por verse en la puta calle; quienes se sirvieron de la mentira y el abuso de confianza para endosarle a cualquiera productos financieros de alto riesgo o acciones que no valían ni el papel en que estaban impresas. Lo hicieron, claro, por orden de sus superiores. Lo hicieron, claro, llevados por una cultura de la impunidad y el tú-vende-como-sea que se han extendido como un cáncer en los últimos años por toda la sociedad.

Pero lo hicieron, sí, y cobraron jugosas comisiones por ello. Y no se privaron de presumir de lo mucho que ganaban al hacerlo, o de lo listos que eran por conseguir colocar aquellos productos invendibles, o de cómo los jefes de los que ahora abominan (aunque no mucho, y en voz baja) les felicitaban en la reunión mensual o semestral.

Mejor dicho, siguen haciendo de las suyas, atosigando con comisiones absurdas a la gente sin nómina y con poco dinero, tratando de liar a los pardillos con planes de pensiones que no son sino versiones sofisticadas del timo del tocomocho. Y negándose a conceder créditos ni aplazamientos ni ostias. Y siguen cobrando buenos sueldos y jugosas comisiones por sus servicios.

Lo que pasa es que ahora no presumen tanto.

Pero me debo que ese pudor, más que a un súbito retoñar de una embrionaria conciencia, se deba al miedo a que alguna de las víctimas de sus manejos, les parta, con todo el derecho moral del mundo, todo lo que se llama cara.

ANTISISTEMA

Como he oído tanto lo de que las protestas contra los ajustes y demás están llenas de antisistema, me he puesto a buscarlos.

He pensado en los mineros que están protestando últimamente, pero resulta que lo que piden es que les dejen trabajar. ¿Qué hay de antisistema en eso?

He pensado en los del 15M, pero básicamente piden que se acaben la corrupción y la impunidad de los corruptos. Bueno, algunos radicales proponen que no se desahucie a las personas que dejan sin pagar la hipoteca un par de meses. Y otros, más radicales aún, propugnan la creación de cooperativas de agricultura ecológica. Tampoco me han parecido muy antisistema, la verdad.

Luego he pensado en mí, que también me manifiesto a veces y que soy algo rojeras y tal. Pero resulta que creo en el Estado (tanto, que creo que los servicios públicos y los sectores estratégicos deberían estar en manos de la administración), y en la democracia electiva (tanto, que me gustaría que los ciudadanos pudiésemos decidir con nuestro voto si queremos que nos “rescaten”, o elegir con nuestros votos al jefe del Estado). Así que yo tampoco soy antisistema.

Y entonces he caído en la cuenta. He visto la luz.

Hay gente que no cree en el Estado (y quiere quitarle poco a poco sus funciones), ni en las normas de convivencia (sino en la ley del más fuerte, perdón, en la libre competencia), ni en las leyes (sino en la “desregulación”), ni en la democracia electiva (deduzco, al ver que creen conveniente que los ciudadanos no puedan decidir sobre ajustes que afectan a su vida diaria).

Los antisistema existen, efectivamente, pero no están en la calle ni en las barricadas. No llevan casco de minero, ni rastas, ni sudaderas de los Public Enemy.

Los auténticos antisistema están dentro del sistema. En los consejos de administración de la banca, en las agencias de calificación, en el Parlamento. Y algunos, ahora mismo, en Polonia, viendo el fútbol.

Pero eso ya es otra historia.

NADA NUEVO

Antes de salir en misión urgente para Polonia, el hombre de la barba tuvo tiempo para decirnos (o mandar que nos dijeran) que el rescate no es un rescate y que la intervención no es una intervención. Algo creí entender de “línea de crédito”, o de “apoyo financiero”, o algo así.

Pero esto de jugar con el lenguaje no es nada nuevo.

Recuerdo que una chica con la que salí hace años me dijo”te quiero pero necesito un tiempo para pensar”, por no decirme que no me aguantaba ya y que me fuera a paseo. Y recuerdo a mi madre comentando que a la vecina le habían encontrado “una cosa mala”, por no decir que le habían diagnosticado un cáncer. Y a mi abuela hablando de que el hijo de la Aurelia  “anda con una gente un poco así”, por no decir que se dedicaba a atracar farmacias en compañía de otros yonkis, para pagarse la heroína.

Las cosas, dichas de otra manera, parecen otra cosa.

Pero son lo que son.

De hecho, a aquella chica no volví a verla el pelo. Mi vecina, la pobre, no pasó de aquel verano. Y el hijo de la Aurelia acabó muriendo de SIDA en la cárcel.

Habrá que ver cómo acabamos nosotros con esto del rescate. Perdón, con la “línea de crédito”.

Yo personalmente considero que “ha faltado tal vez un poco más de transparencia al respecto”.

Por no decir que nos están tomando por jilipollas.