ANTISISTEMA

Como he oído tanto lo de que las protestas contra los ajustes y demás están llenas de antisistema, me he puesto a buscarlos.

He pensado en los mineros que están protestando últimamente, pero resulta que lo que piden es que les dejen trabajar. ¿Qué hay de antisistema en eso?

He pensado en los del 15M, pero básicamente piden que se acaben la corrupción y la impunidad de los corruptos. Bueno, algunos radicales proponen que no se desahucie a las personas que dejan sin pagar la hipoteca un par de meses. Y otros, más radicales aún, propugnan la creación de cooperativas de agricultura ecológica. Tampoco me han parecido muy antisistema, la verdad.

Luego he pensado en mí, que también me manifiesto a veces y que soy algo rojeras y tal. Pero resulta que creo en el Estado (tanto, que creo que los servicios públicos y los sectores estratégicos deberían estar en manos de la administración), y en la democracia electiva (tanto, que me gustaría que los ciudadanos pudiésemos decidir con nuestro voto si queremos que nos “rescaten”, o elegir con nuestros votos al jefe del Estado). Así que yo tampoco soy antisistema.

Y entonces he caído en la cuenta. He visto la luz.

Hay gente que no cree en el Estado (y quiere quitarle poco a poco sus funciones), ni en las normas de convivencia (sino en la ley del más fuerte, perdón, en la libre competencia), ni en las leyes (sino en la “desregulación”), ni en la democracia electiva (deduzco, al ver que creen conveniente que los ciudadanos no puedan decidir sobre ajustes que afectan a su vida diaria).

Los antisistema existen, efectivamente, pero no están en la calle ni en las barricadas. No llevan casco de minero, ni rastas, ni sudaderas de los Public Enemy.

Los auténticos antisistema están dentro del sistema. En los consejos de administración de la banca, en las agencias de calificación, en el Parlamento. Y algunos, ahora mismo, en Polonia, viendo el fútbol.

Pero eso ya es otra historia.

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TEJIDOS MÁGICOS

Cuando era rapaz, me gustaban los cuentos fantásticos, ya se sabe, con sus magos y sus guerreros y sus dragones y sus castillos encantados y todo eso. En algunos de esos cuentos se hablaba de túnicas hechas de tejidos mágicos que transformaban a quien las llevaba puestas: hacían valiente al cobarde, o fuerte al débil, o sabio al tonto, o convertían al mago bondadoso en un brujo malvado, dependiendo del cuento.

Me he acordado de eso a raíz de hablar con algunos policías que conozco, estando ellos fuera de servicio y vestidos, lógicamente, de paisano. Parece ser que están descontentos con el gobierno porque temen que les recorte el sueldo, les aumente la jornada, o las dos cosas. Acusan a los políticos corruptos y a los banqueros sin escrúpulos de haber provocado la crisis. Algunos de ellos incluso afirman comprender que la gente proteste y convoque manifestaciones. Hasta alguno hay que dice compartir muchas de las ideas de los “contestatarios”.

El caso es que estos mismos policías, cuando están de uniforme, se aplican con diligencia a proteger la impunidad de políticos corruptos y banqueros sin escrúpulos y aporrean con entusiasmo a los “contestatarios” a los que comprenden.

Parece contradictorio, lo sé. Hasta hipócrita, por su parte.

Pero lo he estado pensando, y creo que ya sé a qué se debe esta paradoja.

Va a ser que los uniformes son mágicos, como las túnicas de los cuentos que leía yo de rapaz.

O igual la que es mágica es la ropa de paisano.

Vaya usté a saber.