UN DÍA CUALQUIERA

UN DÍA CUALQUIERA

-Y aquella entrevista que hiciste, ¿salió algo…?

-No me han llamado, no. Y a ti, ¿de aquello de…?

-De momento, nada.

Se hace un silencio no del todo cómodo. En la pantalla del televisor, una chica morena y un tipo con unas gafas ridículas aparecen muy excitados porque alguien ha ganado una medalla y ha batido un récord de nosequé ostias. En la calle hace un calor de cojones. Dentro del bar, también, pero al menos no da el sol. Bebemos un sorbo de vino. Despacio. Muy despacio. No es que queramos paladear los aromas del recio tintorro de la casa. Es que no podemos pagar una segunda ronda.

-El Asad está jodido. Los sirios es el pueblo con más cojones de todos los pueblos árabes.

El que habla, mientras señala una página de un periódico, es el camarero, que dedica gran parte de la jornada a charlar con los pocos clientes que entramos porque apenas tiene nada que hacer. Asentimos, en parte porque suponemos que al ser argelino, sabrá más que nosotros del tema, y en parte por pereza. Le pido el periódico y hojeo con desganada curiosidad las ofertas de trabajo. Hay pocas, y no son auténticas ofertas de trabajo (“Señora con experiencia se ofrece para cuidar ancianos”, “Fórmate para trabajar en cruceros de lujo”, “Empresa busca comerciales autónomos con coche propio y 5 años de experiencia”, “Gana 1500 euros al mes desde casa con nuestro método infalible”). En cambio, anuncios de putas hay a montones. Y cada vez más baratas. Mi colega ha salido a fumar uno de esos cigarrillos caseros de una picadura maloliente pero barata que le guardan en el estanco del barrio. Anda pidiendo prestado para comprar varios kilos antes de que entre la subida del IVA. No sé si lo logrará.

El timbre del móvil me saca de mis meditaciones. Me fijo en que tiene la pantalla rajada, igual tendría que cambiarlo un año de estos. Salgo a hablar a la calle. Es mi novia, que acaba de salir del curro. Está que se sube por las paredes. Parece que les van a cambiar el turno y les van a bajar el sueldo. Ha habido despidos. Y los jefes han dejado caer que habrá más. Y los del comité de empresa no saben. No contestan. Mientras hablo con ella pasa por la acera de enfrente una vieja amiga. Nos saludamos con un leve movimiento del mentón. Anteayer la acompañé a pedir comida a la beneficencia. Le dieron 5 kilos de macarrones y dos cajas pequeñas de galletas. Con eso tiene que tirar 3 meses, y tiene 3 hijos. No sé cómo lo hará, porque no tiene ingresos, ni muchos, ni pocos.

Después de colgar, me fijo en el letrero de “Se alquila” que luce la cristalera de la tienda de enfrente. Ya decía yo que no habían cerrado por vacaciones.

Acabados la charla y el cigarrín, volvemos adentro. Ahora, en la tele salen diciendo que hoy, o mañana, o ayer, yo qué sé, es un día decisivo para España porque el BCE y el FROB van a decidir si toman las medidas que se esperan o aconsejan los ajustes sugeridos por la Comisión y el FMI. Oigo a mi colega musitar: “La puta que los parió”.

Un día decisivo, dicen. Pero para mí es un día igual que otro cualquiera. Como ayer. Como mañana. Como el siguiente.

Como todos.

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