UN PAÍS DE CUENTO

Ahora que tenemos las cuentas intervenidas por la Unión Europea, al ministro del Guindo pasando la gorra (y haciendo el ridículo) por Europa y a las autonosuyas pidiendo el botijo a un Estado cuyos ministros presume de no tener ni para las nóminas; ahora que por tanto ya no es descabellado pensar que el día menos pensado nos echan del euro de una patada en el culo, por lo que no es descabellado pensar que podríamos acabar volviendo (a la fuerza) a la vieja peseta, me he puesto a recordar los años del euro, esa época entre el 2001 y la actualidad, y más en particular esa época de las “vacas gordas” (2001 a 2007 ó 2008 más o menos) en la que, al parecer, todos cobrábamos generosos salarios, gastábamos a manos llenas en lujos estrafalarios, chupábamos sin piedad de la teta administrativa, nos hipotecábamos a lo loco y vivíamos, en resumen, como los ricos de antes. Incluso los extranjeros que acudían en manadas a nuestro país lo hacían, más que por huir de la miseria, por disfrutar de los innúmeros beneficios en forma de atenciones gratuitas y pagas a fondo perdido que el Estado español, dicen algunos “expertos” (aunque no se sabe muy bien en qué), les procuraba. La época, en resumen, en la que España era un país de cuento, en la que todos “vivimos por encima de nuestras posibilidades” y cavábamos así, ignorantes y felices en nuestra opulenta irresponsabilidad, la tumba socioeconómica en la que nos pudrimos actualmente.

Pero el caso es que mis recuerdos de aquella época están poblados por ancianas e inmigrantes que buscaban alimento en los contenedores de basura, de indigentes que dormían en cajeros, de padres (y madres, también) de familia que se machacaban los lomos 12 ó 15 horas al día para pagar las disparatadas cuotas de una hipoteca interminable, de empleados con contrato basura que cobraban una miseria y vivían con la amenaza perpetua del “fin de la obra o servicio”, de personas que morían esperando su turno para una operación de cáncer o un trasplante de corazón, de estudiantes que curraban poniendo copas sin contrato en cualquier cuchitril para pagarse la universidad. Recuerdo a una viuda de mi barrio a la que su casa se le caía a pedazos sobre la cabeza porque la pensión apenas le daba para comer (y ni hablemos de reformar la casa). Recuerdo a una inmigrante ecuatoriana que limpiaba (sin contrato) en una confitería leonesa con nombre de especia, que se cayó trabajando y se rompió un brazo y varias costillas, a la que su jefe tuvo media hora esperando que acudiéramos unos amigos a sacarla por la puerta de atrás porque “no quería líos” y se negaba a llamar a una ambulancia (el jefe, eh, no la chica). Recuerdo amigos que solo comían patatas y arroz para poder pagar la hipoteca o el alquiler. Recuerdo amigos que trabajaban gratis y sin Seguridad Social, legalmente, porque eran becarios o estudiantes en prácticas. Recuerdo parados de larga duración muriéndose de asco a las puertas del INEM. Recuerdo comarcas enteras que se iban quedando vacías, como muertas, a medida que las minas o los astilleros iban reduciendo su actividad, o cerrando directamente.

Claro que ahora mismo estamos aún peor, porque entonces al menos había posibilidad de encontrar un trabajo, aunque fuese precario, mal pagado y en condiciones a menudo insalubres, pero yo sigo sin saber cuál es ese país de cuento en el que dicen que vivíamos por aquel entonces.

El mío, desde luego, no.

Claro está que había también pícaros, chupópteros, irresponsables, empresarios sin escrúpulos a la caza de subvenciones, banqueros y bancarios que vivían del timo, politicastros tragadores con cientos de asesores y jugosas dietas de no-transporte, enchufados del partido (me da igual cuál) que entraban por “designación directa” en cargos sin tarea y con buen salario. De hecho, sigue habiéndolos. Y en cantidad.

Se ve que para lo suyo no hay crisis. Ni paro.

O que son ellos los que han vivido (y lo siguen haciendo) por encima de nuestras posibilidades.

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